“Hijo de hombre, cuando los israelitas habitaban en su propia tierra, ellos mismos la contaminaron con su conducta y sus acciones. Su conducta ante mí era semejante a la impureza de una mujer en sus días de menstruación. Por eso… desaté mi furor contra ellos... Los juzgué según su conducta y sus acciones. Pero… ellos profanaban mi santo nombre, pues se decía de ellos: "Son el pueblo del Señor, pero han tenido que abandonar su tierra." Así que tuve que defender mi santo nombre… por eso, adviértele al pueblo de Israel que así dice el Señor omnipotente: "Voy a actuar, pero no por ustedes sino por causa de mi santo nombre, que ustedes han profanado entre las naciones por donde han ido. Daré a conocer la grandeza de mi santo nombre, el cual ha sido profanado entre las naciones, el mismo que ustedes han profanado entre ellas. Cuando dé a conocer mi santidad entre ustedes, las naciones sabrán que yo soy el Señor. Lo afirma el Señor omnipotente… Los rociaré con agua pura, y quedarán purificados. Los limpiaré de todas sus impurezas e idolatrías. Les daré un nuevo corazón, y les infundiré un espíritu nuevo; les quitaré ese corazón de piedra que ahora tienen, y les pondré un corazón de carne. Infundiré mi Espíritu en ustedes, y haré que sigan mis preceptos y obedezcan mis leyes. Vivirán en la tierra que les di a sus antepasados, y ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios. Los libraré de todas sus impurezas. Haré que tengan trigo en abundancia, y no permitiré que sufran hambre. Multiplicaré el fruto de los árboles y las cosechas del campo, para que no sufran más entre las naciones el oprobio de pasar hambre. Así se acordarán ustedes de su mala conducta y de sus acciones perversas, y sentirán vergüenza por sus propias iniquidades y prácticas detestables. Y quiero que sepan que esto no lo hago por consideración a ustedes. Lo afirma el Señor. ¡Oh, pueblo…, sientan vergüenza y confusión por su conducta!”. (NVI Ezequiel 36:16-32)
El pasaje nos muestra lo que Dios hace para con nosotros, por amor de Su nombre aunque hagamos mal… ¿Por qué entonces creemos que siempre es porque obramos bien? ¡Cuántas veces no hemos pensado de Dios equivocadamente al imaginárnoslo todos los días con su libreta de puntuaciones en la mano! Pensamos que si hacemos bien, entonces nos va bien, y si hacemos mal, pues mal, condicionando la bendición de Dios a nuestras obras. Y ¿cómo explicamos cuando a los “malos” les va “bien”? Ciertamente Dios “hace salir su sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos e injustos” (Mt. 5: 45). Pero, ¿quién es bueno o justo? “No hay justo… no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Ro. 3:10-12). Hacemos cosas buenas (para uno) que parecen malas (a otros) y, ¿somos castigados?
¡Qué vergüenza! ¡Creemos mal! Jesús nos dice “¿Cómo podéis creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único?” (Jn 5:44). No debemos recibir ni amar la gloria de los hombres (Jn. 5:41; 12:41-43); ¡debemos buscar la gloria de Dios! Creemos mal al pensar que todas las cosas nos ayudan a nuestro bien; lo cierto es que cuando somos llamados conforme a Su propósito, todas las cosas ayudan a bien, punto (Ro. 8:28).
“Cuando tu Dios te haya introducido en ciudades grandes y buenas que tú no edificaste y casas llenas de todo bien, que tú no llenaste, y cisternas cavadas que tú no cavaste, viñas y olivares que no plantaste, y luego que comas y te sacies, cuídate de no olvidarte de Él” (Dt. 6: 10-12). ¡Te va a ir bien porque quiere que le des la gloria! ¡No te la quedes! ¡Dásela a Él!… ¡Ámalo!
No hay comentarios:
Publicar un comentario